En busca de la línea roja

En busca de la línea roja…

Los alemanes se imaginan que tenemos una línea roja que nos guía para saber cuál es nuestro camino, lo que conecta esencialmente con lo que somos.  Para saber quiénes somos y respetarnos en nuestro camino, debemos buscarla y no perderla de vista…es roja, tampoco nos puede dar muchos problemas… a no ser que…bueno, a no ser que haya una gran oscuridad, claro…o que todo lo demás sea rojo, o que los colores sean tan parecidos, que no podamos distinguirla…

La cosa se complica…parece que para lograr verla vamos a necesitar encender alguna luz interior…ése es requisito imprescindible…si uno pierde cualquier esperanza, si cierra todas sus puertas y ventanas, si da la espalda a un mínimo de alegría de vivir, difícil va a ser que vea algo… Así que, al menos tenemos una condición…la esperanza, que nos conecta con nuestra energía vital.

Pero la cosa se sigue complicando…hay momentos que duran eternidades en los que bien por cómo vemos o bien por la hora del día en la que nos encontramos, vemos todo del mismo o casi similar color. Siempre me fascinan los atardeceres, en especial los de verano…esos cielos rojizos, anaranjados, fuego,…en los que no se distinguen bien los colores y todo se fusiona como si fuera un único cielo, sin matices…

Para empezar a diferenciar, suelen funcionar dos cosas. La primera es agudizar mucho la vista, prestar mucha atención a los detalles, profundizar al fin y al cabo en lo que se está mirando. El profundizar requiere de tiempo, de paciencia, de concentración, de esfuerzo,  de constancia y una gran dosis de esperanza de nuevo…de pensar que, aunque ahora no distinga nada, más adelante lograré hacerlo. ¿Por qué? Porque otros lo lograron y yo no soy ni más ni menos que ellos…lo cual da una gran dosis de realidad, a unos en forma de humildad y a otros en forma de mayor valoración.

Algo más que nos puede ayudar a diferenciar nuestra línea roja de las demás es elegir el momento del día adecuado. Los atardeceres de verano tienen instantes que no son los mejores para ello, al igual que esperar en épocas de estrés o de gran dolor o de gran alegría ver algo con claridad, resulta difícil. Hay momentos que nos exigen estar, ser y no buscar. Para buscar y mirar necesitamos un mínimo de distancia de nosotros mismos que en esas situaciones tan intensas, no es posible tener.

Una vez que tenemos preparado el escenario adecuado y nos ponemos a buscar de manera profunda, de repente, resulta que seguimos sin ver nada. La línea roja sigue sin aparecer por ningún lado. La cambiamos de color, por eso de que quizá la traducción cultural no haya sido la adecuada…pero nada, sigue sin aparecer…

Entonces, a uno le da por jugar a los puzles…contemplar su vida como si fuera una sublime pieza de música. Y empieza a escucharla como si fuera la primera vez que lo hiciera;  luego la tararea como primer intento de materializarla; después busca su estructura con sus elementos para  ver quiénes están presentes y cómo se interrelacionan, dibuja así el cuadro completo; juega con las manos y el cuerpo entero a acompañar la música de su vida que ya se ha hecho presente y volviendo a hacerla propia pero desde lo más profundo;  siente la energía que hay dentro de ella; y la narración se muestra con su hilo conductor…la línea roja.

Ana Isabel García

Corazones rojos

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